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jueves, 25 de noviembre de 2010

El pueblo feliz soy yo.


Cuando comencé a trabajar en el cine profesional todavía era un ser virgen. El espejismo juvenil del glamour holliwoodiense me elevaba el espíritu. Vívía en un sueño. Pronto los permanentes madrugones y noches sin dormir para que pesados focos, railes de travelings, metros de cableado eléctrico, decorado, atrezzo, maquillaje, vestuario, etc., me despertaron del sueño. ¡Qué bonito es el cine! decía mientras a las 04:30 hrs. sonaba el despertador.
Fue una época dura, sin apenas remuneración económica, aquella la del meritorio en la escuela cinematográfica de los 80, que no era otra cosa que currar casi gratis por aprender.
Los de producción siempre tenían la culpa de todo. Los directores eran caprichosos - Aquí falta esto, que lo traiga producción - Cuando el director se pasaba un poco y aparecía el productor por la localización donde se rodaba. Le hacía una seña al director, este discretamente daba ordenes de parar la escena, se retiraba a un rincón y conversaba en voz baja con el productor. Después de este tipo de conversaciones, el director resignado ya no voceaba más - ¡Que lo traiga producción!
Los escasos presupuestos y las plenipotenciarias relaciones del productor, ostentador de la subvención, hacían que el artista novel bajara su tono de voz.
Yo como observador sufrido en algunos casos comencé a forjar un nuevo sueño, bastante diferente al rutilante de mi iniciación en el séptimo arte. Aunque esa es otra historia.


lunes, 19 de abril de 2010

La constitución: El problema soy Yo.


La persona es un problema sin resolver. ¿Los problemas son por sí solos? ¿Los problemas los crean las personas? Inocencia consciente, adiestrada para no realizar juicios de valor, inmersa en el silencio, entre metapensamientos que observan la mente sucesiva, el espíritu atemporal de la vigilia, y el onírico sin voluntad que niega, afirma, desea, revela y mayormente confunde, junto a la reflexión, la intuición, el estudio que muestra la creación y despierta a la persona que desmenuza la sustancia y la razón.

¿Somos seres históricos? Sí, aunque sea solo una parte de nuestra forma de organizarnos y comunicarnos. Así el poder del ser humano creador del sistema social se desarrolla de una forma consecutiva y no cabal.

Necesitamos constituciones estatales, éticas, religiosas, y personales. El Yo del ser humano es una prolongada restauración de una constitución individual, impugnada con cierta persistencia por la revelación de nuevas experiencias, objetada por los efectos de nuestros actos, y su recuerdo subjetivo en los tres tiempos: el sucesivo, el onírico, y el reflexivo.

La constitución ayuda a esquivar el miedo. Precisamos de una constitución que envuelva diversos niveles del Yo. Una constitución que nos ofrezca tranquilidad interior y exterior. Una constitución libre y adaptable a nuestros despertares, que aquiete nuestra propensión a la inestabilidad emocional producida por la levedad del ser y su coyuntura temporal.

Si trasladamos la idea constitucional individual a las personas que ejercen como gobernantes, posiblemente, causaría un caos social. A una persona ya le cuesta dominarse a si mismo y ser dueño de si. Estar bajo las tribulaciones constitutivas personales de los que gobiernan, los cuales tienen todo el derecho de ser libres, se concretaría en una tiranía.

El dirigente como persona no puede prescindir de los miedos y despertares de su Yo. El gobernante es todo individuo que ejerce poder sobre un grupo de personas.

Todo ser humano debería se educado para que tenga acceso a una muestra expositiva y clara de las diversas posibilidades éticas que el ser humano ha creado históricamente, y le despierte a una conciencia racional que constituya su Yo, con el fin de remediar en lo posible sus miedos. La ignorancia acrecenta el temor y es manipulable ideológicamente. El conocimiento resuelve problemas, crea la tempestad de las dudas, y la calma del saber. Hasta que de nuevo nazca la palpitación inevitablemente evolutiva y poéticamente integral.



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